Debe haber muy pocas palabras para describir Venecia. Aún ahora, a casi un año de ese viaje, me es muy difícil ver las fotos o una película o un programa en el que se hable de Venecia y no sentir un calorcito en mi corazón. Venecia, la ciudad de los canales, de las máscaras de carnaval, del vidrio soplado, del agua interminable, de las góndolas.

Despues de pedir el mapa correspondiente en el cubículo de ayuda al turísta, salimos de la Central de Trenes y lo único que vi fue mar. Era totalmente increíble estar ahí. Cómo los recuerdos de niña que estan igual presentes y lejanos, casi puedes tocarlos pero parecen ser irreales, así era estar en frente del
Gran Canal.

Las góndolas iban de aquí para allá, había lanchas de todos colores y tamaños, se veían multitudes de turistas y venecianos: unos mirando y fotografiando cada onda en el agua con la mochila a cuestas y los otros caminando de prisa entre puente y puente, sin notar si quiera la maravilla bajo sus pies. Era tan excepcional y tan cotidiano. Como una foto, una pintura o una canción.

Venecia es un conjunto de islas que estan conectadas con puentes, la manera de transportarse es a pie o en lancha, casi todos los venecianos optan por la primera y no es cualquier cosa: después de dos días de estar ahí ya no quería caminar más.
En cada pequeño espacio había un turista y en los espacios más amplios un grupo de coreanos con guía tomando fotos pero de noche se transformaba y la Piazza San Marco era sólo una gran explanada, sin palomas ni coreanos.

Algunas personas dicen que tiene un olor peculiar, no fue así cuando yo estuve ahí. Todo era gente y más gente. Gente y Venecia.